“Yo tengo el orgullo de decir que yo no entregué mi bandera. Yo no entregué mi sitio, me lo quitaron.”
María Estela Martínez de Perón, 1993.
“El mismo día que falleció el General Perón, presenté mi renuncia y no me la aceptaron”
María Estela Martínez de Perón, 1993.
“Yo creo que he intentado lo mejor. Ahora, esa es una cosa que tendremos que dejar al juicio de la historia”
Isabel Perón en 1993.
La fortuna y la política son la alimentación de los procesos que mueven la historia y, entre ellas, se baten a duelo los destinos individuales con los destinos colectivos: es el caso de Isabel Martínez de Perón, una figura rodeada de silencio propio y ajeno, pero que constituye una configuración políticaineludible, inevitable y necesaria para todo aquel pensamiento político que esté orientado a aportar a la construcción de sociedades más democráticas.
Este trabajo se propone identificar el entramado político, semántico, mediático e histórico que opera en la construcción de la identidad pública de Isabel Martínez de Perón y lo hará a partir del análisis de variadas fuentes de información y de creación de significados (se analizan discursos, mensajes, decretos, políticas, libros, artículos, periódicos, actores políticos, películas, documentales, etc.) con el objetivo de aportar nuevas ideas acerca de quien fuera la Presidenta de la Nación Argentina entre el 1 de julio de 1974 y el 24 de marzo de 1976.
En éste proceso analítico, encuentro que la composición de la identidad política de Isabel Perón se estructura en tres polos: (a) Primera Dama (después de Eva Perón), (b) heredera de Perón en tanto líder del movimiento nacional justicialista y (c) heredera legal de la Primera Magistratura tras la muerte del Presidente en ejercicio.
Además de la ya problemática composición tripolar de su identidad pública, cada uno de los roles que Isabel ocupó fueron sometidos al escrutinio de los actores de la política y de la sociedad toda, por lo que fue necesario, para la Presidenta, dotar de legitimidad a cada uno de esos niveles. Esto último fue algo que, de forma inevitable, la llevó a construir una identidad diezmada, pero propia.
Desde su rol de Primera Dama, debió defender su capacidad de crear una identidad política y personal más allá del mandato implícito de Eva Perón – pero sin dejar de evocarla – que recaía en ella en tanto sucesora natural en ese espacio. Hacia dentro de las facciones del justicialismo, intentó construir una legitimidad como heredera política de Juan Domingo Perón y de su proyecto nacional. Finalmente, tuvo que sostener la legitimidad de su rol como Presidenta de la Nación electa en comicios libres y con el 61.86% de los votos a la fórmula que integró.
Considero que, con el propósito de organizar el análisis de una forma más esquemática, la composición identitaria de Isabel Perón se traba de manera tripartita en tres momentos fundamentales de su construcción pública:
(a) 15 de noviembre de 1961, se casa con Perón y se convierte en heredera del lugar que había ocupado Eva Perón,
(b) 4 de agosto de 1973, se oficializa la fórmula Perón – Perón y se convierte en candidata a Vicepresidenta y,
(c) 1 de julio de 1974, fallece Perón y se convierte en la Presidenta de la Nación.
Isabel Perón es, casi sin dudas, un personaje político ambiguo por su propia condición de heredera múltiple que debió dedicar buena parte de sus esfuerzos a construir, instalar y sostener una identidad que nunca estuvo, en ninguno de los roles que ocupó, totalmente dotada de legitimidad. Aventuro que es esa herencia múltiplela que la convirtió – y aún la convierte – en un personaje público con una dificultad estructural para constituir una identidad sin fisuras.
Este trabajo, para abordar a Isabel Perón desde una perspectiva integral y multinivel, le da profunda relevancia a la idea de que la realidad interpretada es la realidad social por excelencia (Sádaba Garraza, 2001:145). Más allá de lo que Isabel sea o no sea, está lo que se considera que es y esa es, al fin, la única realidad que podemos escrutar: la pública.
Para ahondar en ello, tomaré las construcciones identitarias que hicieron en el imaginario sociopolítico los actores con capacidad política creativa:
(a) La propia Isabel: a través de sus intervenciones públicas oficiales – discursos y mensajes – y no oficiales – entrevistas –. (b) Juan Domingo Perón en tanto líder, quien la designó como compañera de fórmula y la definió políticamente. (c) El Estado: a través de sus decretos y leyes y (d) Los medios de comunicación: diarios opositores y oficialistas.
Este trabajo tiene como máxima pretensión política el alcanzar a proponer un abordaje de la figura de Isabel Perón desde un marco que, conscientemente, se separe de las indefiniciones que rodean al personaje seleccionado para orientar la búsqueda de un lugar histórico y público para la ex mandataria, para correr el foco analítico de la intimidad y devolverlo al lugar sobre el que es posible construir algo útil: lo público. Esa es la única tarea que puedo y deseo asumir ante quienes lean este trabajo e inevitablemente, ante María Estela – Isabel – Martínez Cartas de Perón.
De María Estela Martínez Cartas a Isabel Martínez de Perón.
María Estela Martínez Cartas nació el 4 de febrero de 1931 en la Provincia de La Rioja y, desde muy jóven, se instaló en la Provincia de Buenos Aires para terminar con sus estudios primarios. Luego, se dedicó a la formación artística en danzas y piano.
En 1951, a los 20 años, María Estela ingresó en el cuerpo de baile del Teatro Nacional Cervantes y, desde ahí, se dedicó a una carrera como bailarina que la llevó a recorrer diferentes países de Latinoamérica. Fue en el año 1955 en Panamá que, luego de ser convocada por el director español de ballet Faustino García para integrar su cuerpo de baile en una gira que incluyó en sus presentaciones a varios países de Latinoamérica, conoció a Perón.
Seis años después y, ya en Madrid, que sería su destino final – durante 13 años – antes de volver a la Argentina, María Estela y Juan Domingo se unieron en matrimonio el 15 de noviembre de 1961. La moneda, echada al aire y mecida por la fortuna, flotaba sobre los destinos de la nueva primera dama y, sin dudas, sobre los de la Argentina.
I. Su narrativa: cómo María Estela Martínez Cartas instaló a Isabel Perón.
“Yo no puedo ofrecerles grandes cosas. Yo, nada más que una humilde mujer del pueblo, que no les puede ofrecer títulos, porque el único título que tengo es el haber sido una discípula de Perón, mi amor a Perón y mi amor al pueblo argentino.”
Isabel Perón, 1973.
Para comenzar con el análisis de la construcción pública de la identidad política de Isabel Perón, recorreré algunos de los mensajes que la tienen a ella misma por emisora y que transmitió con diferentes motivos, todos ellos siguiendo con la línea analítica propuesta de heredera múltiple que he referido antes: Primera Dama, líder del partido peronista y Presidenta de la Nación.
05/08/1973, la sucesora.
El 5 de agosto de 1973 y en medio de las expectativas sobre si Perón sería o no candidato a Presidente por tercera vez en las elecciones de septiembre de ese mismo año, Isabel habla como enviada del líder en el Teatro Nacional Cervantes. El recorrido verbal que hace Isabel es lineal: primero, transmite el mensaje de Perón, hace hincapié en ello y, luego, pasa a ser ella el eje del discurso. En ese momento recurre a la figura de Eva Perón con una referencia literal y con una serie de expresiones ligadas a los recursos discursivos propios de Evita:
“En cuanto a lo que mi humilde persona respecta, les agradezco profundamente esta honra que me ofrecen y trataré de no defraudar al pueblo. Yo no puedo ofrecerles grandes cosas. Yo, nada más que una humilde mujer del pueblo, que no les puede ofrecer títulos, porque el único título que tengo es el haber sido una discípula de Perón, mi amor a Perón y mi amor al pueblo argentino. En este día tan inolvidable para mi como mujer del pueblo no puedo dejar de pensar en alguien que luchó tanto por nosotros y que merecería estar en mi lugar, por eso les pido que brindemos en nombre de Perón, en nombre de todos ustedes y en el mío propio un minuto de silencio en memoria de Eva Perón” (Isabel Perón, agosto de 1973).
La construcción discursiva es clara. Por un lado, la reiterancia del concepto de “humilde mujer del pueblo” evoca directamente a las expresiones de Eva Perón, quien se definía a sí misma de esa forma y, por otro, la mención de su antecesora en el lugar de Primera Dama – compañera de Perón, a la fecha del discurso – deja ver la astucia discursiva de Isabel en cuanto a las precauciones que debió tomar para ocupar el lugar sin que se entienda a su persona como una pretensión de reemplazo de Eva Duarte.
La construcción de su discurso es concreta: Eva Perón es quien debiera estar en ese lugar pero, al no poder hacerlo, ella asumirá la responsabilidad de cumplir con su mandato y tratará, en esa tarea, de no defraudar al pueblo. Se propone a sí misma como la sucesora inevitable, casi azarosa,y por ende incuestionable, de Evita.
14/12/1971, Isabel en el Congreso Nacional de la rama femenina del partido.
Isabel habla brevemente con la prensa respecto del acto que se ha desarrollado en el Salón Azul del Club Atlético Boca Juniors y, al ser consultada sobre la situación de los restos de Eva Perón, manifiesta que prefiere no hablar del tema por considerar, según manifiesta, que es un tema de exclusivo tratamiento de la familia. Sobre el final, José López Rega, que permaneció a su lado durante la entrevista, interviene para responder por ella.
29/06/1974, el primer discurso.
La Vicepresidenta toma, el 29 de junio de 1974, temporalmente y por primera vez, el mando de la primera magistratura a causa del crítico estado de salud del Presidente en ejercicio:
«Al pueblo argentino: cumplo con el deber de poner en conocimiento de los habitantes del país que el excelentísimo señor presidente de la nación, Teniente General Juan Perón, consciente de que su estado de salud le impedirá hasta su restablecimiento atender directamente las necesidades administrativas del gobierno y que la marcha ascendente del país obliga a una intensificación de los esfuerzos, de acuerdo a lo dispuesto por el artículo 75 de la Constitución Nacional, ha resuelto delegar el ejercicio de la presidencia de la nación en la señora vicepresidente. Cumpliendo esta voluntad, he asumido en la fecha la primera magistratura de la nación. Asumo esta extraordinaria responsabilidad bajo la inspiración rectora del señor general Perón. Reclamo la solidaridad de los argentinos y ruego a Dios su alta protección»
Del breve mensaje importa rescatar fundamentalmente la última parte, donde Isabel afirma que cumple con la voluntad del líder – yendo más allá de los procedimientos constitucionales que nombra antes – y evoca, como lo hará frecuentemente en sus mensajes, la ayuda y la solidaridad del pueblo y de Dios.
Es probable que estas palabras no sean motivo de conjeturar demasiado, pero sí podemos aventurar que en el ámbito de lo discursivo, Isabel permanentemente se posicionaba desde la debilidad, reclamando y reconociendo en la esfera pública que necesitaba de la ayuda de todos para poder gobernar y gobernar implicaba para ella, nada más y nada menos, que cumplir con los designios de Perón.
01/07/1974, viuda y presidenta.
El 1 de julio de 1974 murió Perón y la sucesora al cargo de la Primera Magistratura según lo dispuesto por la Constitución Nacional era la Vicepresidenta, Isabel Perón, que de forma inmediata presentó la renuncia y, también de forma inmediata, le fue negada. A las 13:15 del 1 de julio de 1974, María Estela Martinez de Perón asumió el cargo de Presidenta de la Nación.
Si bien no da detalles acerca del rechazo de su renuncia, en una entrevista que brindó en 1993, menciona que incluso los representantes de las fuerzas armadas la instaron a quedarse con el pretexto de que “no me sintiera sola, porque todos me iban a ayudar”. Sobre esta situación, podríamos aventurar que ante la crisis socio-política profundizada por la muerte del General Perón, una figura que llevara su apellido y que contara con la legalidad y legitimidad del cargo, sería la opción menos arriesgada para la institucionalidad, pese a su inexperiencia y manifiesta negativa de continuar en el cargo.
La Presidenta, pequeña en el sillón y rodeada por los ministros del gobierno, anuncia llorando al pueblo argentino la muerte de Juan Domingo Perón, Presidente de la Nación y esposo suyo, convirtiéndose el mismo día en viuda y presidenta. En esta oportunidad, el mensaje es corto y, lo que digamos más allá de lo que llega a comunicar en esos brevísimos dos minutos, serán interpretaciones más o menos atendibles acerca de lo que se ve de la nueva mandataria.
“Al pueblo argentino: estamos viviendo horas aciagas, circunstancias que deben retemplar el espíritu del pueblo argentino en un sentido de verdadera unidad nacional. El presidente de los argentinos ha dado a su Patria y al continente latinoamericano la más grande expresión de grandeza y humanismo cristiano: entregó su vida en holocausto a la libertad pacifica de los pueblos. Hasta sus últimos instantes trabajó por la unidad nacional, continental y universal.
Con gran dolor debo transmitir al pueblo el fallecimiento de un verdadero apóstol de la paz y la no violencia.
Asumo constitucionalmente la primera magistratura del país, pidiendo a cada uno de los habitantes la entereza necesaria – dentro del lógico dolor patrio – para que me ayuden a conducir los destinos del país hacia la meta feliz que Perón soñó para todos los argentinos. Ruego a amigos y adversarios que depongan las pasiones personales en bien de una patria libre, justa y soberana. Que Dios me ilumine y me fortifique para cumplir con lo que Dios y Perón me otorgaron como misión”.
Isabel comienza el discurso dirigiéndose al difunto Perón como el “presidente de los argentinos” dando a entender que ese lugar, el que ahora ocupaba ella, le pertenecía incluso más allá de la muerte y presentándose a ella misma como la continuación del proceso iniciado por Perón. Luego, confirma su fallecimiento refiriéndose a él como un “verdadero apóstol de la paz y la no violencia” apelando, podemos suponer, a la buena voluntad de todos aquellos seguidores de Perón y de la Doctrina Peronista.
El último tramo del mensaje es particularmente interesante: la nueva Presidenta pide ayuda directamente a los habitantes del país y a los actores políticos, amigos y adversarios, para lograr conducir los destinos de la Argentina. Algo similar a su pedido en el mensaje del día 29 de junio de 1974.
Finalmente, evoca las figuras de Dios y de Perón, a quienes ubica – casi en pie de igualdad – como los detentadores de su herencia presidencial, de su misión política. Antes había manifestado que el hecho de la muerte de Perón debía “retemplar” los ánimos.
II. La narrativa de Perón.
“Isabel no es una intelectual, ni una dirigente de actuación importante, pero lleva más de quince años acompañándome, y las misiones que le he encargado, como usted sabe, las ha cumplido muy bien y con gran valentía.”
Juan Domingo Perón a Manuel Abal Medina.
La crisis institucional, política y económica era el rasgo característico de la Argentina a la que Juan Domingo Perón volvía luego de 18 años de exilio. Las condiciones políticas del Movimiento Peronista se configuraban en el enfrentamiento de dos tendencias intra-movimiento: los sectores de derecha y los de izquierda, que se disputaban el legado del General Perón.
En el contexto de la lucha armada, librada por los sectores de la izquierda peronista que se enfrentaron al régimen tomando las armas y pasando a obrar en la clandestinidad con el propósito de construir – o conquistar – la patria socialista, del enfrentamiento de éstos con los sectores de la derecha – incluídos los grupos parapoliciales como la Triple A – y de la burocracia sindical del peronismo, de la profunda crisis institucional producto del fracaso del proceso dictatorial que comenzó en 1966 y que resumimos en los nombres de Onganía, Levingston y Lanusse y ante la necesidad de cohesionar la fragmentación social y política nacional, Perón se constituía como el único actor capaz de devolver la paz a la Argentina.
Además de la situación nacional, Juan Domingo Perón debía controlar los fuegos internos – con los que había jugado hábilmente durante su largo exilio – para avanzar hacia la construcción y aplicación de un Pacto Nacional y, también, de lo que luego se llamaría: Modelo Argentino para el Proyecto Nacional. Para ello, necesitaba ser candidato y ganar las elecciones. En este estado de cosas estaba la situación de Perón en 1973.
La Argentina, desde el 25 de mayo de 1973 era gobernada por Héctor J. Cámpora y Vicente Solano Lima, que constituyeron un gobierno de transición a la espera de Perón. Elegir una fórmula presidencial en un contexto de tan alta fragmentación política y con la muerte del candidato a presidente como posibilidad concreta, constituía un desafío: Este es el punto en el que regresamos a la heredera múltiple.
Lealtad y buena conducta, los méritos.
Elegir un Vicepresidente, en el caso particular del peronismo en los 70, significaba nada menos que la elección de un heredero político y, en el contexto de la lucha interna, una toma de posición por una de las tendencias intra-movimiento. Perón resolvió ese problema escogiendo como compañera de fórmula a su leal colaboradora: María Estela Martínez de Perón.
Isabel, además de haber sido la persona de confianza de Perón, representaba una adhesión total a la figura de éste y a las decisiones políticas que él tomara: no era peronista de derecha y no era peronista de izquierda, era peronista por Perón y, eso, parecía garantizar la coherencia política de la fórmula. Si fue, en algún momento, una peronista de derecha, es porque esa fue la última imagen que guardó del propio Perón.
El 18 de agosto de 1973 el Congreso del Partido Justicialista reunido en el Teatro Cervantes – donde Isabel dió sus primeros pasos artísticos – oficializó la fórmula que competiría en las elecciones de septiembre del mismo año: Juan Domingo Perón – Isabel Martínez de Perón. Perón-Perón.
Juan Manuel Abal Medina, en su libro “Conocer a Perón, destierro y regreso” publicado en el año 2021, recupera las palabras de Perón ante el rechazo de algunos sectores del movimiento a la fórmula propuesta. Entre ellos Mario Firmenich, líder montonero, que había juzgado en un acto de la Juventud Peronista – el 22 de agosto en Atlanta – la candidatura de Isabel como poco representativa del proceso político librado en los últimos 18 años:
“(…) Está muy bien que ellos hayan peleado, pero no llevan ni tres años en el movimiento. Isabel no es una intelectual, ni una dirigente de actuación importante, pero lleva más de quince años acompañándome, y las misiones que le he encargado, como usted sabe, las ha cumplido muy bien y con gran valentía. Pero, además, ¿a quién poníamos que no lo impugnara algún sector? (…)”. (Abal Medina, 2024:325).
La construcción de poder de Isabel está estrechamente ligada a la identidad de su esposo, lleva su apellido, defiende sus ideas y respalda a su persona. Es, de esta forma, el propio Juan Domingo Perón la fuente principal de legitimidad del poder político de Isabel, nada tiene ella por fuera de él y por eso su muerte fue un punto de inflexión en la identidad de Isabelita y en la debacle colectiva.
Mi único heredero es el pueblo.
El día 12 de junio del año 1973, el General Juan Domingo Perón, notablemente debilitado en su salud, pero con un ánimo sólido, pronunciará su último discurso ante el pueblo argentino. A su lado, permanece Isabel. La recepción del discurso, con las reacciones populares, es ensordecedora: “¡Argentina, Argentina!” En determinado momento, la plaza vitorea a la primera dama.
Es éste el discurso en el que pronuncia, quizás, uno de sus mensajes fundamentales: “mi único heredero es el pueblo” y, en este caso, vamos a pensar el mensaje más allá de las intenciones del emisor: queriéndolo o no y en un contexto de disputa por la herencia del líder, Perón deslegitima la figura de Isabel como heredera política predilecta o natural y deja su mandato – el mandato de todos esos años, desde 1955 – librado a la disputa entre los diferentes sectores que pretendían interpretarlo y encarnarlo, Isabel – de forma inevitable – entre ellos.
La frase será interpretada y retomada por la revista “Evita Montonera” que, luego del rodrigazo, tituló: “se fue el brujo, ahora le toca a la Martínez” y, luego, en afiches que rezaban “mi único heredero es el pueblo” junto a la foto de Perón, en una clara disputa con la Primera Mandataria de la herencia política del, ahora, difunto Juan Perón.
III. La narrativa del Estado Nacional: 1 de julio de 1976 a 24 de marzo de 1976.
“El Comando General del Ejército procederá a ejecutar las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de elementos subversivos que actúan en la provincia de Tucumán”
Decreto Nº 261/75.
El Estado Nacional en tanto actor político e institucional con reglas que, lejos de ser neutrales, configuran la distribución del poder político en uno u otro sentido, es un constructor fundamental de las identidades públicas de aquellos actores que pugnan en sus arenas por porciones más o menos generosas de poder: quienes obtienen lugares hacia adentro de la estructura burocrática del Estado hablan a través de él y construyen narrativas estatales y políticas.
En este trabajo, haciendo hincapié en que Isabel Perón ocupó el cargo de Presidenta de la Nación desde el 1 de julio de 1974 hasta el día del golpe de Estado cívico-eclesiástico-militar el 24 de marzo de 1976, se tomarán específicamente en cuenta algunos Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) firmados por Isabel y, excepcionalmente, se tomará un Decreto firmado por Ítalo Lúder en ejercicio interino de la presidencia a causa de una licencia por enfermedad tomada por la primera mandataria y a la reglamentación de determinadas leyes.
Además de las cuestiones estrictamente ligadas a los DNU y a la reglamentación de leyes realizadas por el Poder Ejecutivo del Estado Federal, se prestará atención a la discusión semántica acerca del tratamiento de la Presidenta.
Volvamos a la cuestión del azar: si la fortuna hizo que, en 1955, Isabel fuera parte de una gira internacional en un cuerpo de baile, las decisiones políticas y la previsible muerte del General Perón llevaron a Isabel Martinez de Perón, a los 43 años, a convertirse en la primera mujer en el mundo en ocupar la primera magistratura de un país presidencialista y la primera mujer en latinoamérica en liderar el poder ejecutivo de un gobierno.
Lo antedicho no constituye un mérito, ni responde a las cualidades políticas que haya podido tener Isabel, pero sí importa incluir la dimensión de género para pensar la construcción identitaria que se armó de la primera mandataria desde el propio Estado Nacional más allá de las decisiones tomadas por el ejecutivo.
El Estado Nacional argentino y, en general, los Estados Nacionales del mundo carecían de experiencia respecto del tratamiento oficial que debía darse a la mujer que encabezara el Poder Ejecutivo de la Nación: sencillamente por la razón de que nunca antes había sucedido tal cosa.
En un comunicado de prensa que se emitió el 10 de julio de 1974 a cargo de la Secretaría de Prensa y Difusión de la Presidencia de la Nación, se informó – en respuesta al debate mediático acerca de si había que referirse a la mandataria como Presidente o Presidenta – que, conforme a lo dispuesto por el Art. 74 de la Constitución Nacional, el tratamiento oficial que debía darse a Isabel Perón, en ejercicio de sus nuevas funciones, sería: “Excelentísima señora Presidente de la Nación”.
La disputa y los decretos: así habló el Estado de Isabel.
He dicho antes que Isabel Perón tuvo que dotar cada uno de los espacios que ocupó por herencia, de legitimidad política: el rol de Primera Dama, el rol político-partidario y el rol de Presidenta de la Nación. En el último caso, la disputa de su legitimidad individual e institucional, escala mucho más que en los roles previos: el Estado Nacional, en el contexto del recrudecimiento de las acciones armadas de las organizaciones guerrilleras, veía cuestionado su monopolio del uso de la violencia.
Isabel debió desde su cargo, además de justificar su propia legitimidad, defender la capacidad del Estado para ser el único con la potestad de recurrir al uso de la violencia. Para ello realizó un esfuerzo discursivo orientado a legitimar el accionar de las fuerzas armadas en detrimento de las organizaciones guerrilleras, con el argumento de acabar con la subversión y el clima de violencia institucionalizado.
Finalmente, más allá de sus discursos, la Presidenta tomó decisiones concretas – expresadas en los DNU que emitió el Poder Ejecutivo – orientadas también a garantizar al Estado el monopolio del uso de la violencia. A continuación se toman en consideración cuatro Decretos de Necesidad y Urgencia que son claves para pensar esta otra lucha en defensa de la legitimidad que tuvo que librar Isabel.
Los decretos.
Para pensar la construcción de la narrativa estatal que hizo el gobierno de Isabel Martínez de Perón, el contexto en el que se inscribió y la dimensión del poder que la Presidenta ejerció desde la Primera Magistratura, importa tomar en consideración algunos de los decretos que el Gobierno emitió entre el 1 de julio de 1974 y el 24 de marzo de 1976.
En el contexto social y político que se ha abordado oportunamente en el apartado anterior, el gobierno de Isabel Perón se inscribió en la etapa en la que el Pacto Social ya era una antigua aspiración y la respuesta de la gestión “isabelista” fue una progresiva confirmación política hacia la derecha. La represión, el autoritarismo estatal y el campo cada vez más liberado al accionar de las Fuerzas Armadas, fueron símbolos del mandato de la Presidenta al mismo tiempo que símbolos de la decadencia democrática que acabaría en el golpe de Estado.
En este punto se considerarán los siguientes decretos: (a) 1368/74: estado de sitio; (b) 261/75: la antesala; (c) 620/76: un último intento y (d) 2770, 2771 y 2772, de aniquilamiento. Mientras que los decretos “a”, “b” y “c” fueron firmados por la Presidenta en el ejercicio de sus funciones, el decreto “d” fue firmado por el entonces presidente provisional del Senado en ejercicio del Poder Ejecutivo, Ítalo Luder.
La elección de los decretos que no llevan la firma de Isabel responden a que, ante la importancia que tales disposiciones tuvieron para la vida constitucional de la Argentina y que ellas fueron emitidas en ausencia de la Presidenta, se constituyen como un acto político y de gobierno relevante para el estudio de la construcción política de Isabel.
El Decreto Nº 1368/74, estado de sitio.
El Decreto Nº 1368/74 emitido el día 7 de noviembre de 1974, declara en estado de sitio a todo el territorio de la República Argentina. El Gobierno de Isabel, ya casi por completo bajo la órbita de influencia del Ministro de Bienestar Social, José López Rega, en uso de las atribuciones que le son propias en el marco del Artículo 75 del texto constitucional, decreta la suspensión de las garantías constitucionales en el territorio nacional con el propósito declarado de fortalecer las acciones contra la guerrilla.
Si seguimos el trabajo de Luis Klejzer (2017) acerca del decreto referido, es interesante individualizar algunas de las ideas expuestas en el texto original del Decreto y que nos permiten analizar la construcción discursiva que el gobierno hace, por un lado, para legitimar su decisión de endurecer las medidas contra la “subversión” y, por otra, para dar lugar a una construcción política de la idea de “subversión”.
“VISTO Que las medidas adoptadas hasta el momento por el gobierno nacional para que los elementos de la subversión depongan su actitud y se integren a la reconstrucción nacional;”
Comienza el texto del decreto y, desde ese párrafo, el gobierno plantea una postura ambivalente respecto de la subversión: por un lado está anunciando que decretará el estado de sitio, pero al mismo tiempo convoca a “los elementos subversivos” a incorporarse a la reconstrucción nacional.
De esa forma, el Poder Ejecutivo encarnado en Isabel, impone una narrativa estatal que convoca a la construcción de una forma de Nación. Forma que, desde luego, no era compartida por quienes habían librado la batalla por la liberación nacional y la patria socialista.
“Que ejerciendo la plenitud de su poder el Estado Nacional Argentino debe, con toda energía, erradicar expresiones de una barbarie patológica que se ha desatado como forma de un plan terrorista aleve y criminal contra la Nación toda;
La referencia a la otredad política (María Celeste Napal, 2016) como “barbarie patológica” expresa claramente una construcción verbal que ubica a la guerrilla en general y, podríamos pensar, en particular a la tendencia revolucionaria que era parte del movimiento peronista como una enfermedad a erradicar para proteger a la Nación.
“Que la asunción de medidas preventivas de excepción son procedentes para garantizar a todas las familias su derecho natural y sagrado a vivir de acuerdo con nuestras tradicionales y arraigadas costumbres;
Sobre esta idea, Klejzer hace un aporte muy atendible cuando señala que “Asimismo podemos ver la referencia a la “familia” y no a las personas, asumiendo el “derecho natural de las familias” y no el de los individuos.” A lo que sumaré que: el recurso de la “familia” era una forma de apelar a valores sociales muy concretos arraigados en la población argentina y vinculados a aquello que el Estado debe proteger, sea como sea. Es, al final, un recurso discursivo de apelación y legitimación.
El Decreto 261/75, la antesala.
El análisis de este decreto, de alguna manera, nos acerca al meollo de la cuestión acerca del silencio que reina en el peronismo sobre Isabel Perón: implica el reconocimiento de que un gobierno que se definió – y que de hecho lo fue – como peronista haya tenido no conductas autoritarias, sino acciones políticas que prepararon el terreno para el genocidio que el gobierno de facto ejecutó en la Argentina desde el 24 de marzo de 1976. Isabel, en eso, es una figura difícil y desde luego que no porque ella haya hecho nada por apresurar o favorecer el golpe, de hecho me atrevo a proponer la idea contraria, pero sí por tener responsabilidades políticas – azarosas o no – en ello.
El día 05 de febrero de 1975 el Poder Ejecutivo de la Nación emitió el Decreto Nº 261/75 que disponía que “Comando General del Ejército procederá a ejecutar las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de elementos subversivos que actúan en la provincia de Tucumán”, decreto considerado como el primero de los llamados “de aniquilamiento” pero, a la vez, posibilitado por el ya emitido Nº 1368/74.
Las acciones desplegadas por las Fuerzas Armadas en la Provincia de Tucumán se conocieron con el nombre de “Operativo Independencia” y es el hecho político/militar que podemos ubicar como claro antecedente de la represión ilegal, el secuestro, la tortura y la desaparición forzada de personas que se intensificó y proyectó a todo el territorio nacional luego del 24 de marzo de 1976.
El Decreto 2772/75, de aniquilamiento.
El bloque de Decretos conocidos como “de aniquilamiento” está integrado por los Decretos Nº 2770, Nº 2771 y Nº 2772. En este apartado analizaremos, en particular, el último de ellos, que está firmado por Ítalo Luder en ejercicio del Poder Ejecutivo y no por la Presidenta – en uso de licencia por enfermedad, como he dicho antes – pero que es definitivo para pensar, también desde su ausencia, cómo fue el “Estado de Isabel” en los momentos ya inmediatos al golpe.
“Artículo 1º: Las Fuerzas Armadas bajo el Comando Superior del Presidente de la Nación que será ejercido a través del Consejo de Defensa, procederán a ejecutar las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país”
El texto del DNU es, a diferencia de los que he citado antes, concreto, pero proyecta a todo el territorio nacional la medida que se había tomado para el territorio de la Provincia de Tucumán por medio del Decreto Nº 261/75 con el propósito declarado de aniquilar el accionar de elementos subversivos.
Hago hincapié en la idea de “aniquilar el accionar de elementos subversivos”, porque el concepto de “aniquilar” implicó un debate para el gobierno democrático. En el Decreto 261/75 se utilizó la expresión “neutralizar y/o aniquilar” (Saidón, 2016:51), ahora simplemente se propuso la aniquilación. Si bien se expresa que esa aniquilación está dirigida al accionar y no a los “elementos subversivos” en sí mismos, la interpretación de la letra en la práctica fue utilizada para respaldar el accionar ilegal de las Fuerzas Armadas.
Ahora bien, como última observación, importa pensar que – más allá de que Isabel Perón “se haya corrido” o “la hayan corrido” para que el apellido “Perón” no figure en Decretos de aniquilamiento – decisiones sumamente trascendentales para la vida democrática nacional y para el proceso dictatorial posterior, como sea y por lo que sea, fueron tomadas en la ausencia de la Presidenta constitucional que era, por poco o por mucho, la única elegida por el pueblo en elecciones libres.
El adelanto de las elecciones y el Decreto 620/76, los últimos intentos.
Los últimos esfuerzos del gobierno de Isabel Perón en busca de una salida lo más democrática posible – al menos en términos institucionales – se constituyeron en dos actos fundamentales: por un lado, el adelanto de las elecciones – previstas originalmente para el año 1977 – al 17 de octubre de 1976 y, por otro, la firma del Decreto Nº 620/76 emitido el 3 de febrero de 1976, cincuenta días antes del golpe de estado.
El Decreto intentó retomar un proyecto de reforma constitucional (Castelucci, 2015:167) donde se incluirían las propuestas que el General Perón hiciera en su “Modelo Argentino para el Proyecto Nacional” y, además, el anticipo de los comicios que originalmente estaban previstos para el mes de octubre/noviembre de 1977.
En este momento del trabajo pero, fundamentalmente, del gobierno de Isabel Martínez de Perón nos paramos en un punto cúlmine: los esfuerzos públicos de la Presidenta por garantizaruna salida política que evitara el golpe de Estado y el posterior gobierno de facto, aunque fracasaron, existieron.
Política de nacionalización.
El gobierno encabezado por Isabel Perón – separándolo adrede del de Juan Domingo Perón, aunque haya sido, a grandes rasgos, una continuación – tuvo una fuerte tendencia al nacionalismo. Un breve repaso por algunas de las principales políticas implementadas por el gobierno de Isabel Perón nos permite evitar el sesgo que implicaría la reducción de su gestión a los decretos antes referidos.
El politólogo estadounidense Alain Rouquié, en su ensayo sobre las democracias hegemónicas “el siglo de Perón”, habla de Poder Isabelista (P. 152) para definir la política que Isabel llevó adelante luego de la muerte de Juan Domingo Perón.
La tendencia al nacionalismo y, también, a una ambigüedad entre autoritarismo y democratización, se reflejó en las políticas que mencionaré a continuación, pero sobre las que no profundizaré individualmente por exceder a los propósitos de mi trabajo:
- Nacionalización de las bocas de expendio de combustibles.
- Nacionalización de agencias informativas extranjeras.
- Sanción de la Ley de represión a la subversión, donde se contempla y se incorpora la represión de la subversión económica.
- Suspensión del negociado que colocaba por 50 años la producción siderúrgica en manos de Brasil.
- Nulidad de los contratos del Estado con la ITT y Siemens, por los sobrecostos cobrados a ENTEL.
- Sanción de la Ley de nacionalización de los depósitos bancarios.
- Sanción de la Ley del Sistema nacional Integrado de Salud
- Sanción de la Ley de contrato de trabajo 20.744.
Finalmente, el Rodrigazo será el hecho que marque el quiebre definitivo e irreparable en el gobierno de Isabel y no tanto por la crisis económica en sí misma como por la fractura interna que significaron la presión de los sindicatos – paro del 7 y 8 de julio, el primero a un gobierno peronista – a Isabel para que dé salida a Celestino Rodrigo, la caída de éste último y, con él, la del Ministro de Bienestar Social José López Rega: la Presidenta se quedó sola como nunca antes. (Rouquié, 2020:12).
IV. La narrativa de los medios de comunicación.
“¿Qué papel iba a representar la esposa de Perón comiendo con los Mitre, los Gainza Paz, los Peralta Ramos, los Timerman? – me decía Isabel – ¿Qué va a pensar el pueblo que durante casi veinte años leyó en los diarios de esa gente las peores canalladas contra Perón y el peronismo?”
Julio C. González.
La última perspectiva que propongo para considerar la construcción pública de la identidad política de Isabel Martínez de Perón es la de los medios de comunicación: desde allí es posible observar cómo se configuró la construcción de la Presidenta y su Gobierno en el imaginario colectivo y cuáles fueron los recursos discursivos y las articulaciones semánticas en las que la prensa enmarcó y generó significaciones públicas acerca de Isabel Perón.
No tenemos que perder de vista, en lo posible, que el entramado de las relaciones entre el gobierno y los medios de comunicación se desarrolló en un contexto de nacionalización de las agencias noticiosas, proceso iniciado en el año 1973 por medio del Decreto Nº 587/73 y, luego, ya en el gobierno de Isabel, acentuado con el Decreto Nº 1273/75 de creación del Registro Nacional de Agencias Noticiosas.
Abordaré la cuestión en términos de “relación” entre la Presidenta y los medios de comunicación, puesto que considero más pertinente pensar el vínculo como un ida y vuelta que como un dominio unilateral de alguna de las partes.
La prensa y el gobierno: “terrorismo periodístico”.
La relación entre el gobierno de Isabel Perón y los medios de comunicación fue controvertida y osciló entre las clausuras a diarios opositores por izquierda y por derecha hasta la acusación oficial de “terrorismo periodístico” por parte de la Presidenta de la Nación el 10 de marzo de 1976, catorce días antes del golpe de Estado.
Ya lo he dicho a lo largo del trabajo: si Isabel Perón estuvo individualmente atravesada por una conformación identitaria tripolar, la Argentina, al mismo tiempo, se batió en múltiples crisis, entre ellas la económica. Con motivo de abordar dicha cuestión y de amortizar los golpes contra el gobierno, se procedió a la firma del Decreto Nº 906/76 que establecía un incremento salarial del 20% y fue esa la oportunidad en que la Presidenta dió un interesante – al menos a los fines de la investigación – discurso en el edificio de la Confederación General de Trabajo (CGT).
“Hoy a nadie se le oculta qué hay detrás de toda esta subversión armada, subversión política, subversión propiciada por quienes contrabandean los artículos esenciales para el pueblo, subversión especulativa en quienes propician el terrorismo periodístico como sistema y en quienes dan la huelga intempestiva sin objetivos y como única función, los profesionales de la insurrección, los que propician el caos, los que avivan el fuego en nada se cuidan del futuro nacional” (Saidón, 2016:203).
La Presidenta, en su mensaje, proyecta el término de “subversión” a todos aquellos actores que considera como enemigos del gobierno y hace una categorización de la violencia en diferentes aspectos: económica, periodística y, podríamos decir, obrera. Entre ellos, aborda la cuestión periodística con una afrenta directa que, en cierto modo, oficializa un enfrentamiento que data casi desde la muerte de Perón.
“Jamás ningún primer mandatario había sido tan claro y terminante. Los presidentes siempre habían tenido una actitud adulatoria hacia los grandes diarios. Isabel Perón rompió con ese precedente.” dice Julio González – Secretario Técnico y Secretario Privado de la Presidenta de la Nación hasta el 24 de marzo de 1976, donde ambos son detenidos – cuando se refiere a la cuestión de la prensa en su libro “Isabel Perón, intimidades de un gobierno” publicado en el año 2007.
Los medios de comunicación durante el gobierno de Isabel Perón también se inscribieron en las dinámicas de la crisis política. De forma muy esquemática y, tal vez, exagerando alguna posición, podríamos ubicar a los diarios Noticias y El Descamisado (luego Evita Montonera) como los medios de la izquierda peronista, a los diarios La Opinión, La Prensa, La Nación y Clarín (entre otros) como opositores al gobierno desde las afueras del peronismo y a las revistas “El Caudillo” y “Las Bases” como las expresiones periodísticas de la extrema derecha peronista.
La semantización del golpe: Isabel, la responsable.
En un interesante trabajo titulado “Memoria y acontecimiento. La prensa escrita argentina ante el golpe militar de 1976” la Dra. en Lingüística por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA, María Alejandra Vitale, recurre a la idea de “Memoria Retórico Argumental” para abordar las narrativas de la prensa escrita en la previa al Golpe de Estado de 1976.
A los fines de pensar lo que este trabajo se propone, se tomará de Vitale la categorización de las estrategias de la prensa escrita para construir un mensaje en la inmediatez del golpe y durante él: (a) estrategias de exculpación, (b) un gobierno sin poder ante el enemigo subversivo y (c) el mito de la nación católica.
“Los tópicos y estrategias discursivas que nombraré a continuación aparecieron en 1976 tanto en los diarios La Nación, La Prensa y La Opinión, donde volvió la MRA golpista liberal, como en el diario Clarín, y las revistas Extra y Cabildo, medios donde retornó la MRA golpista nacionalista antiliberal. Asimismo, fueron empleados por las revistas Gente y Mercado, donde retornaron a la vez las dos memorias golpistas” (Vitale, 2006:3).
- Las estrategias de exculpación: la prensa utilizó construcciones discursivas que plantearon al golpe de 1976 como una consecuencia inevitable y natural del deficiente gobierno constitucional de Isabel Perón. Evitaron, casi en todo momento, mencionar a las Fuerzas Armadas.
- Un gobierno sin poder ante el enemigo subversivo: en este punto se abordan aquellas publicaciones que justificaron en la debilidad política, para con el control de la subversión, del gobierno de Isabel Perón y en su “vacío de poder”, el golpe posterior.
- El mito de la nación católica: aquí se analizan las narrativas periodísticas que apuntaron a exaltar los supuestos valores católicos de una nación, en este caso la Argentina, donde se justifica a las Fuerzas Armadas como restauradoras de ese orden espiritual y ciudadano del ser nacional contra el que atenta el marxismo.
En cualquier caso, las construcciones semánticas que hizo la prensa escrita de los momentos previos al 24 de marzo de 1976 ubicaron al gobierno de Isabel Perón como el responsable del golpe de Estado por su debilidad política y su incapacidad en la lucha contra la subversión.
No obstante a ésto, cabe mencionar que los enunciados – en términos generales – así como evitaron referirse a las Fuerzas Armadas, evitaron mencionar directamente a la Presidenta, de modo que su presencia queda difuminada y reducida a generalidades e interpretaciones, un ejemplo de ésto es el siguiente extracto de una editorial del día 25 de marzo de 1976 del diario La Nación: “El renunciamiento que en su momento pudo haber salvado el proceso hacia la unánimemente deseada consolidación institucional”.
La prensa oficialista, el débil pero único sostén para Isabel.
Si bien es natural que la primera inclinación analítica acerca de la relación Isabel Perón-Medios de Comunicación sea la de observar el comportamiento de los diarios opositores, creo de mucha relevancia que echemos un vistazo también sobre aquellos bastiones oficialistas que buscaron construir una narrativa favorable a la Presidenta.
Me interesa prestar especial atención a las publicaciones de “El Caudillo” y “Las Bases”, por un lado porque esbozan una construcción de Isabel Perón como figura a la cual se debe subordinar de forma verticalista el movimiento peronista por ser ésta su natural y legítima conductora y, por otra parte, porque, en el caso de “Las Bases” he tenido acceso a buena parte del material publicado por dicha revista.
“Evita Montonera”, “El Caudillo” y “Las Bases”, la lucha semántica.
Todos los hechos que se abordaron en este trabajo sólo pueden ser realmente comprendidos si se los ubica en el contexto de la fragmentación interna del peronismo y, específicamente, en la disputa por la herencia justicialista entre la izquierda y la derecha desde principios de los setenta, profundizada con la muerte de Perón. Al fin y al cabo, la disputa era por quién se “quedaría” con el peronismo ante la ausencia del líder.
En este apartado planteo una serie de contrapuntos entre las construcciones discursivas, semánticas, informativas y de publicidad que se difundieron en las revistas “Evita Montonera”, la revista oficial de Montoneros y “El Caudillo” y “Las Bases”, dos revistas de la derecha peronista oficialista. A partir de la lectura y el análisis de las diferentes narrativas he llegado, nuevamente, a la idea de la identidad tripartita de Isabel y de las disputas por la legitimidad de sus herencias múltiples.
Para abordar esta cuestión, he trabajado en base a diferentes fuentes analíticas y periodísticas. Para trabajar sobre las publicaciones de “Evita Montonera” he revisado archivos disponibles en la web y, fundamentalmente, el trabajo “Montoneros: la vía armada sobre la democrática. Los conceptos de resistencia y liberación en la revista Evita Montonera (1974 – 1979)” de Melisa Bustos.
Por otra parte, para abordar la narrativa de la revista “El Caudillo” he revisado el artículo “La revista El Caudillo de la Tercera Posición: Órgano de expresión de la extrema derecha” de Juan Luis Besoky y algunas publicaciones particulares del Archivo de la Propaganda Política y para trabajar sobre las construcciones que de Isabel Perón hizo la revista oficialista “Las Bases” utilicé mi colección personal, contemplando los siguientes números: 59-112-123-125-133-137-146-148-152.
Mientras que la revista “Evita Montonera” combate los tres niveles de la identidad pública de Isabel (Primera Dama, heredera política y Presidenta) y apunta a su ilegitimidad en todos ellos con el propósito de disputar a la Presidenta su lugar de heredera del movimiento, las revistas oficialistas “El Caudillo” y “Las Bases” buscan dotar de sentido esos tres niveles identitarios, intentando fortalecer la imagen de Isabel como heredera de la conducción del movimiento a través de mensajes muy contundentes.
Evita Montonera.
“Evita Montonera” se publicó, en 25 números, desde diciembre de 1974 hasta agosto de 1979 y fue parte de lo que se llamó “prensa clandestina”. Si observamos las fechas, evidentemente la circulación de la revista era en sí misma una consecuencia del clima político que reinaba en la Argentina, luego de la muerte de Perón, con el nuevo gobierno.
Las relaciones de la organización “Montoneros” con el gobierno de Perón-Perón se estructuraron en varios momentos, entre ellos: (a) 1º de mayo de 1974 ruptura con Perón hasta el 1º de julio de 1974 con la muerte de Perón, (b) 1º de julio de 1974 hasta septiembre de 1974, ruptura total con el gobierno de Isabel y paso a la clandestinidad y (c) septiembre de 1974 hasta marzo de 1976, combate directo contra el gobierno constitucional.
La elección del nombre, así como de la portada del primer número, nada tienen que ver con el azar: Montoneros encontró en la imagen de Eva Perón su identidad revolucionaria, Evita era entonces la “… expresión fiel y total de la voluntad revolucionaria del pueblo peronista” y “… la mejor vigía de la revolución peronista” tal como lo expresaron en el primer número de la revista (Bustos, 2018:41). La reivindicación de Eva es la estrategia que los Montoneros utilizarán para diezmar – se lo propusieran o no, aunque supongo que sí – la identidad de Isabel Perón en todos los niveles:
Desde el punto de vista de los Montoneros, el lugar de la Primera Dama con capacidad para ocupar ese rol interpretando y encarnando los intereses de “la masa peronista” le pertenecía a Eva Perón y, sin dudas, el rol político-partidario dentro del auténtico peronismo (pp. 123) que sería el que conduciría a la liberación nacional, pertenecía a Evita y a la propia organización y nada tenía que ver con el “peronismo de Isabel” (Evita Montonera, Nro. 2, pp. 18 y 19).
En cuanto al rol de Presidenta, la revista “Evita Montonera” atacará con firmeza a la sucesora de Perón: ante lo que los Montoneros juzgaron un gobierno antipopular y traidor al mandato popular de las elecciones de septiembre de 1973, consideraron que el gobierno de Isabel era una pseudodemocracia sin legitimidad (Bustos, 2018:56) que ejercía una cruda represión “… aunque condenen cínicamente esa violencia que desatan” (Evita Montonera, nro. 4, p. 13).
Mientras que Evita Montonera dijo que “Isabel no es Perón” (Evita Montonera, nro. 3, pp. 35 – 38), el titular del 19 de julio de 1974 “El Caudillo” proclamaba en grandes letras de molde: “Isabel no es la heredera de Perón / es Presidente por mérito propio” (El Caudillo, Año II, Nº 35, 1974).
El Caudillo.
La extrema derecha del peronismo que se autodefinía, al igual que los Montoneros, como el “peronismo auténtico”, tuvo buena parte de su representación periodística y comunicativa en “El Caudillo”, un semanario que se publicó por primera vez el 16 de noviembre de 1973, cinco días antes de la aparición pública de la Triple A (Besoky, 2010:11) y hasta finales de 1975.
Las narrativas de “El Caudillo” en lo general, estuvieron alineadas con el discurso – y, fundamentalmente, con el accionar – de las Fuerzas Armadas en su rol de combate contra las organizaciones armadas. En este sentido importa especialmente prestar atención a dos cuestiones: por un lado, el semanario – en su sección “buscados” – publicaba imágenes de militantes de las organizaciones de “la tendencia” que habían pasado a la clandestinidad y, por otro, los mensajes que proponían – 1 año, 4 meses y 16 días antes del golpe de estado – las atroces estrategias que emplearía el gobierno de facto:
“Los teóricos más autorizados sobre luchas guerrilleras coinciden en un punto que es ya casi un axioma: ‘La única regla fija en la guerra moderna es la falta de reglas’. (…) para combatir este tipo de guerra las fuerzas de seguridad tienen que despojarse de todas las trabas mentales y legales que les atan las manos (…)”
El mensaje anterior solo se comparte con el propósito de contextualizar la línea ideológica del semanario que analizamos, puesto que se ubicaban – ellos mismos, quienes lo integraban – como peronistas auténticos totalmente alineados a la figura presidencial de Isabel Martínez de Perón. El mensaje fue publicado el 8 de noviembre de 1974 en el Nº 50 del semanario y fue firmado por Felipe Romeo, acompañado por un “Isabel Perón o Muerte. Venceremos” (Besoky, 2010:23).
Ahora bien, en lo que refiere propiamente a Isabel Perón, hay una línea discursiva clara: “El Caudillo” confía plenamente en la conducción de la Presidenta e intenta poner en valor su gestión y la de algunos de sus ministros – especialmente las de aquellos que estaban bajo la órbita de José López Rega – por medio de diferentes estrategias que analizaremos a continuación y que, nuevamente, nos permiten proyectar la construcción de la legitimidad en los roles de Isabel.
Por un lado, en ese “primer nivel” de la constitución identitaria de Isabel Perón que hemos dado en ubicar en su rol como Primera Dama, este semanario insistirá en instalar una trilogía política y natural compuesta por: Juan Perón, Eva Perón e Isabel Perón. Siguiendo, nuevamente, el trabajo de Besoky observamos que “El Caudillo” se refiere a esas tres figuras del peronismo como “una trilogía indivisible sólo cuestionada por la Tendencia (…)” (Besoky, 2010:14).
El hecho de acompañar verbalmente a la figura de Isabel con la de Eva Perón de forma reiterada denota el interés que quienes escribían en “El Caudillo” tenían por dotar de sentido el legado/mandato de Eva a Isabel Perón en tanto esposa del líder y dirigente política. Con motivo de la repatriación de los restos de Eva Perón – operativo a cargo de José López Rega – “El Caudillo” dijo que los justicialistas querían tenerla de nuevo: “Para que sirva como antorcha para iluminar, aún más, esa revolución en paz a la que nos está conduciendo Isabel” (El Caudillo, Nº 52, año 1974).
El caso del discurso de “El Caudillo” en lo que refiere al rol de Isabel Perón como Presidenta de la Nación es algo más complejo: identifico una fuerte interacción entre el apoyo incondicional a la figura presidencial y un intento de tutelazgo al gobierno.
Para pensar esta dinámica, es útil hacer un contrapunto entre algunas de las publicaciones que realizó el semanario: (a) Nº 35, julio de 1974, (b) Nº 42, septiembre de 1974 y (c) Nº 46, octubre de 1974.
El Caudillo, Nº 35 de julio de 1974:
“Después que se logre frenar el ataque externo va a haber que dedicarse a poner en orden la casa. Sin Perón no nos podemos dar el lujo de tolerar la presencia de traidores. Este es un anuncio concreto, otro de los anticipos de EL CAUDILLO: el ‘operativo limpieza’ en los elencos gubernamentales va a ser más profundo de lo que muchos suponen y puede llegar a involucrar, incluso, a personas que ahora detentan la jerarquía de ministros.”
El Caudillo, Nº 42, septiembre de 1974:
“El pueblo, el Movimiento, los sindicatos, la Iglesia, las FF.AA., están con nosotros. La Sinarquía está con ellos. Perón derrotó a la sinarquía volviendo al país. Nosotros la estamos enterrando con Isabel en el poder. EL MEJOR ENEMIGO ES EL ENEMIGO MUERTO. PORQUE ES ASÍ Y PORQUE PERÓN MANDA. FELIPE ROMEO.”.
El Caudillo, Nº 46, octubre de 1974:
“En esta lucha ISABEL PERON no está sola: al enorme poder (común a todos los gobernantes) que la Constitución le confiere se suma el enorme poder (NO CОMUN A TODOS LOS GOBERNANTES) que su condición de PRESIDENTE del partido y Jefe indiscutible del Моvimiento le confiere. Esto es lo insólito y lo increíble. Nunca antes en la Historia del mundo, y tanto menos en la Argentina, una mujer tuvo tanto poder. ISABEL PERON tiene en sus manos todo –le guste o no al enemigo, les guste o no a los que andan por ahí repitiendo «el versito del vacío de poder»-. ISABEL habla en los cuarteles y los militares la respaldan, Isabel manda proyectos al Congreso y el Parlamento la respalda, ISABEL convoca a los sindicalistas y el Pueblo llena las plazas. Nadie con excepción de alguno u otro mocoso encapuchado, discute la figura de nuestra conductora como elemento aglutinante de la síntesis nacional. Porque es así, y porque Perón manda.”
El Caudillo, Nº 67, marzo de 1975:
“Hemos apoyado a Lorenzo Miguel, José López Rega, Raúl Lacabanne, el teniente Coronel Navarro, Oscar Ivanissevich, Ricardo Otero, Casildo Herreras, etc. y –no por causalidad- todos ellos tienen la confianza de la compañera Isabel y desempeñan papeles importantes para el futuro justicialista.”.
Los cuatro recortes citados nos permiten explorar la complejidad de la trama que “El Caudillo” construye sobre la figura de Isabel Perón en cuanto a su rol institucional. Si bien existe un relato lineal en el sentido de ponderar la legitimidad del poder de Isabel y de presentarla como líder incuestionable, también observamos algo que pudo haber sido un “efecto colateral” – o natural – del discurso: “El Caudillo” disputa la voz institucional, construye un “nosotros” que acompaña a la Presidenta a cumplir con una tarea con la que, a pesar de todo, no puede sola y acaba por socavar, de forma implícita, parte de esa legitimidad que le otorga.
El recorte de julio de 1974 (Nº 35) contiene un mensaje que parece más propio del gobierno que de un medio de comunicación y que, queriéndolo o no, disputa la autoridad de la Presidenta diciéndole no qué hacer sino lo que se va a hacer desde su propio gobierno. La autoridad y la capacidad de decisión de Isabel Perón, entonces, se encuentra debilitada a manos de sus constructores de sentido.
En los recortes de septiembre (Nº 42) y octubre (Nº 46) de 1974 de “El Caudillo” sí observamos un fuerte respaldo a Isabel Perón a través de la trilogía de poder de: Presidenta de la Nación, Presidenta del Partido Justicialista y líder del movimiento. Particularmente en el Nº 46 se presenta una construcción detallada de legitimidad de Isabel Perón a quien, según el semanario, responden todas las fuerzas (militares, sindicales, legislativas) legítimas y solo es cuestionada por “alguno u otro mocoso”.
La referencia del Nº 42 es clara: Perón derrotó – él mismo – a la sinarquía y ahora nosotros la estamos enterrando con Isabel en el poder,porque Isabel por sí misma y pese a todos los roles de poder que ostenta, no puede hacerlo. En ese mismo sentido, el Nº 67 de marzo de 1975, contiene un mensaje atendible en cuanto a cómo el semanario construye la legitimidad sobre Isabel y lo hace, sencillamente, enumerando a los hombres que la respaldan. Podríamos decir: el semanario, por medio de la enumeración de hombres que gozan de natural legitimidad pretende transferir parte de ese “prestigio” a una presidenta sin legitimidad.
Las Bases.
La revista “Las Bases”, autodefinida como “Órgano oficial del Movimiento Nacional Justicialista” y alineada al gobierno de Isabel Martínez de Perón, apareció todos los miércoles entre los años 1971 y 1975 en la Argentina. Si bien se suma a las herramientas de comunicación de la derecha peronista puestas al servicio de la legitimación de la Presidenta, tuvo marcadas diferencias respecto de “El Caudillo”.
La narrativa construida por “Las Bases” – en los números que he analizado y que han sido, salvo el 59, emitidos durante la presidencia de Isabel – está más bien caracterizada por ideas conciliadoras y por construcciones verbales menos violentas que las de “El Caudillo”. La revista, de estilo propagandístico, tuvo una estrategia clara: construir la base de legitimidad de Isabel Perón enfocando determinadas acciones políticas y de gobierno que la transmitían como una Presidenta sólida.
No se observa, en este caso, una imposición del liderazgo de Isabel Perón sino una construcción inteligente de una “heredera” que cumple fielmente con su mandato a partir de la publicación de entrevistas, discursos y triunfos políticos. Está menos enfocada en la lucha interna del peronismo que en el gobierno de Isabel Perón.
Con el motivo de la sanción de la Ley Nº 20.744 de Contrato de Trabajo, el semanario publicará el discurso de la Presidenta de la Nación donde ella misma hace hincapié en que: “El cariño del pueblo es el patrimonio que tienen Perón y Eva Perón desde el cielo, y nunca debemos olvidar que lo que hoy con tanta felicidad aplaudimos, porque es para bienestar de los trabajadores argentinos, se lo debemos a Perón, pues yo no soy nada más que su mano ejecutora” (Las Bases, Nº 112, p. 7).
Los epígrafes de las imágenes que acompañan la transcripción de ese discurso también respaldan los dichos de la propia Isabel: “Desde abajo, desde los árboles, desde donde se pudiera llegar con la mirada a la Presidente, convertida en líder ejecutor de la doctrina del General Perón” (Las Bases, Nº 112, p. 6). La narrativa es contundente: Isabel Perón es la heredera de Juan Domingo Perón y sus acciones políticas no son propias sino que responden a la ejecución de lo que le ha sido delegado.
He dicho antes, a propósito de la narrativa de “El Caudillo”, que incluso en los discursos oficialistas es posible observar expresiones que socavan la autoridad presidencial. No obstante, existen momentos donde se intenta independizar la figura de Isabel aún recurriendo a Perón: “SI ALGUNO TENÍA DUDAS respecto de la capacidad de conducción y convocatoria de Isabel Perón, si alguno pensó en algún momento que el pueblo había retirado su confianza en el gobierno, tiene ahora la oportunidad de rectificarse. El pueblo sigue con Isabel, porque Isabel hace lo que el pueblo quiere. Por eso en ella vive Perón” (Las Bases, Nº 112, p. 8).
En otros números, como es el caso del 123 del 10 de diciembre de 1974 – a aproximadamente cinco meses de la asunción de Isabel Perón como Presidenta de la Nación – se intenta individualizar la identidad de la Presidenta y se presenta un sondeo de opinión entre diferentes grupos sociales donde el acuerdo se alcanza en el punto en el que Isabel Perón ha hecho un gran esfuerzo por sostener el órden institucional en una coyuntura extremadamente compleja (Las Bases, Nº 123, pp. 4-13).
Con motivo de la última publicación del año 1974, la revista propone a Isabel Perón como la mujer del año por su condición de primera presidenta del mundo y hace un repaso por cada uno de los ministros del gobierno. En las páginas a su cargo, en el Nº 125, Alberto Luis Rocamora, entonces Ministro del Interior, esboza algunas ideas interesantes a los fines de este trabajo:
“Ella – Isabel – ha asumido, sin lugar a dudas, el liderazgo popular de mayor envergadura de América, por la triple razón de ser heredera auténtica de la Jefatura que el Gral. Perón le deja en sus manos; por la afirmación de su personalidad en la conducción del país revelada sorprendentemente a toda la Nación y por el consentimiento que el pueblo, a través de todas sus corrientes políticas le ha otorgado en forma indudable” (Las Bases, Nº 125, p. 39).
Rocamora ofrece otra concepción de la conformación identitaria de Isabel Perón y también propone una identidad tripartita, pero en tanto: heredera auténtica de la Doctrina de Perón, Presidenta de la Nación y Presidenta de la Nación con el aval del pueblo. De esta manera, podemos observar un “desdoble” de la identidad de Isabel Perón respecto de la del líder en tanto Presidenta de la Nación con legitimidad popular propia.
La identidad política de Isabel en “Las Bases” se construye especialmente en torno a la identidad política de Perón, es decir, ella pierde su posibilidad de identidad propia a manos de la identidad superior del líder: hay que acompañar a Isabel, porque Isabel no es otra que el propio Perón.
Isabel, de cualquier modo, es Isabel.
Conclusiones.
Las conclusiones que este trabajo pueda aportar son parte de una construcción permanente que no puede, al menos por ahora, darse por finalizada: la constitución pública de la identidad política de Isabel Perón es una actividad, por definición, inconclusa.
He propuesto, para el abordaje integral, multinivel y polifónico de Isabel Perón, el concepto de “heredera múltiple” desde el que considero que se construye su identidad pública. Isabel es, al mismo tiempo, heredera de Eva Perón en su rol de compañera del líder/Primera Dama, heredera político-partidaria del Partido Justicialista y heredera del cargo de la Primera Magistratura de la Nación tras la muerte de Perón. Esos tres polos de herencia fueron arenas de disputas políticas entre diferentes actores públicos.
Luego de haber hecho un recorrido analítico sobre cada una de las categorías propuestas para abordar la construcción identitaria de Isabel Perón en el imaginario público – (a) Isabel Perón, (b) Juan Domingo Perón, (c) el Estado Nacional y (d) los medios de comunicación – he arribado a la idea de que es esa condición de heredera múltiple la característica fundamental del proceso de construcción identitaria de Isabel Perón en tanto figura histórica y política.
Isabel, con sus discursos en las diferentes representaciones de sus roles – delegada de Perón/Primera Dama, líder del Partido Justicialista y Presidenta de la Nación – construyó una identidad que se fortaleció en su condición de heredera de Eva y Juan Perón. Se presentó a sí misma como un brazo ejecutor de las herencias, como la representación terrenal de los líderes difuntos y legítimos y, podríamos decir, apeló a conseguir un liderazgo del orden tradicional.
Su identidad estuvo atravesada por una exigencia – desde los medios, las instituciones, las facciones del peronismo y la opinión pública – de continuidad y, más allá de si lo logró o no, es evidente que la propia Isabel fue parte de esa construcción identitaria de ejecutora que, en la misma medida que la dotaba de cierta legitimidad y respaldo en las figuras de Perón y Eva Perón, la debilitaba en su identidad propia en tanto que la vaciaba de contenido político singular.
Además de la condición de heredera, existe una inclinación casi natural a la deslegitimación o despolitización de Isabel Perón, incluso desde la prensa oficialista, su gobierno o las palabras del propio Perón. Los intentos de tutela periodística a las decisiones de la Presidenta, la firma de decretos trascendentales para la vida democrática de la Nación en ausencia de la primera mandataria y las definiciones públicas y privadas de Juan Perón, son muestras de una inevitable tendencia a reducir la importancia real de Isabel en sus roles partidarios y estatales.
El Estado Nacional, en el período que comenzó el 1 de julio de 1974 y culminó con el golpe cívico-eclesiastico-militar, el 24 de marzo de 1976 aportó, por un lado, su narrativa institucional a la identidad de Isabel Perón y, por otro, fue el canal por el cual Isabel manifestó sus decisiones de gobierno. Isabel Perón, además de disputar su propia legitimidad, gobernó en un periodo en el que se le disputó al Estado Nacional el monopolio del uso de la violencia. También tuvo que defender y legitimar eso.
A nivel institucional, Isabel Perón se constituye como la representante de un gobierno que, en un contexto de extrema violencia política, se comportó con ambivalencia: si bien intentó una salida democrática y preservar el orden institucional, fue el gobierno que habilitó las herramientas legales – en el sentido de la sanción de los decretos que he propuesto – para el fortalecimiento del accionar de las Fuerzas Armadas.
Por otra parte, la relación de ese gobierno y de Isabel Martínez de Perón con la prensa fue problemática y la construcción periodística que se hizo sobre Isabel no fue homogénea, aunque en todos los casos – con la excepción de Las Bases – la representación estuvo ligada a una idea del vacío de poder y a la debilidad de la Presidenta. La prensa oficialista – especialmente “El Caudillo” – hizo, en vano, un esfuerzo exagerado por instalar el liderazgo natural de la heredera del líder.
El cuerpo y el legado de Eva Perón fueron otra arena de disputa por la herencia política del líder: Los Montoneros secuestraban y asesinaban a Aramburu para negociar con su cuerpo la vuelta del de Evita. El gobierno de Isabel, en un intento por recuperar la iniciativa, repatrió los restos de Eva Perón a la Argentina. La revista “Evita Montonera” profundizó esa disputa y explotó la comparación para deslegitimar a Isabel.
La comparación de Eva Perón con Isabel Perón fue inevitable y ambigua: por derecha y por izquierda. Por un lado se construyó, a partir de la comparación, una identidad débil y no representativa del espíritu del peronismo – como el ejemplo del semanario montonero – y, por otro, se intentó plantear la continuidad y la unión entre las dos figuras para sostener la imagen de Isabel.
Finalmente, hay una pregunta que creo que atraviesa éste y cualquier trabajo que aborde algún aspecto de la vida política de quien fuera la Presidenta de la Nación entre el 1 de julio de 1974 y el 24 de marzo de 1976: ¿Cuándo estamos realmente frente a Isabel Perón?
Identificar la real intervención de su persona en las medidas de gobierno e incluso en sus propios discursos y mensajes públicos es complejo y lo es, también, saber qué pensaba realmente Isabel Perón. Sin embargo encuentro que, cuando ella misma se presenta desde la debilidad y el pedido de ayuda – como lo hizo el 29/06/1974 y el 01/07/1974 – y como el medio para ejecutar el legado político y doctrinario de Juan Perón y de Eva Perón, dice lo que realmente creía que era.
La condición de heredero es inevitable y va más allá de la voluntad: se es heredero en tanto que se sucede a alguien o se recibe algo de otra persona. Isabel sucedió tanto a Eva como a Juan Perón en diferentes roles y, además, recibió de ellos un implícito legado político con el cual intentó cumplir. Los medios, el propio gobierno y el movimiento peronista le exigieron ser una continuadora de cada uno de los roles que debió ocupar y, quizás por eso, nunca alcanzó la pretendida legitimidad en ninguno de ellos.
Me interesa plantear finalmente que, luego de haber realizado este análisis y propuesto que la herencia múltiple de roles y cargos de Isabel Perón es el aspecto fundamental sobre el cual se estructura su identidad pública, llego también a la idea de que la categoría de “liderazgo tradicional” propuesta por Max Weber sería útil para profundizar sobre la construcción de los actores sociales que intervinieron e intervienen en la construcción de la legitimidad o ilegitimidad de Isabel Perón.
Isabel Martinez de Perón, heredera de roles y de cargos, de legados y de imposiciones, es una figura con una identidad fragmentada que, en esa fragmentación, encuentra su unicidad.
Por Ludmila Belingueres
Bibliografía:
- Abal Medina, J. M. (2021). Conocer a Perón: Destierro y regreso. Buenos Aires: Planeta
- Besoky, J. L. (2010). La revista El Caudillo de la Tercera Posición: Órgano de expresión de la extrema derecha. Conflicto Social, 3(3), 11-23
- Burgos, M. (2018). Montoneros: la vía armada sobre la democrática. Los conceptos de resistencia y liberación en la revista Evita Montonera (1974 – 1979)
- Castellucci, O. (Dir.). (2015). Perón: Modelo argentino para el proyecto nacional (1974) (2a ed.). Buenos Aires: Biblioteca del Congreso de la Nación
- González, J. C. (2007). Isabel Perón: Intimidades de un gobierno. Buenos Aires: El Copista
- Klejzer, L. (2017). [Análisis sobre el Decreto 1368/74 y el estado de sitio]
- Napal, M. C. (2016). [La presidencia de María Estela Martínez de Perón: la búsqueda de legitimidad y la descalificación del “otro”]
- Perón, J. D. (2015). Modelo argentino para el proyecto nacional (1974) (2a ed., O. Castellucci, Dir.). Buenos Aires: Biblioteca del Congreso de la Nación
- Rouquié, A. (2020). El siglo de Perón. Buenos Aires: Edhasa
- Sádaba Garraza, T. (2001). [Referencia sobre la realidad interpretada y social, p. 145]
- Saidon, G. (2016). La farsa. Buenos Aires: Planeta
- Vitale, M. A. (2006). Memoria y acontecimiento. La prensa escrita argentina ante el golpe militar de 1976. Buenos Aires: Facultad de Filosofía y Letras (UBA)
Referencias y fuentes:
- Archivo de la Propaganda Política.
- “Una casa sin cortinas” de Julián Troksberg.
- “Puerta de hierro, el exilio de Perón” de Victor Laplace.
- https://youtu.be/Dj3YERBdv9A?si=SMf_pEzrqZi8IAqT
- https://youtu.be/cCRqbT7iJao?si=cWRtKTgqXaiPD51P
- https://youtu.be/0WvL29KOPOw?si=ckVrIcPYFQpUm6Xa
- https://youtu.be/2CG21LtMnK8?si=28eWrMGef5Ci3VGf
- https://youtu.be/07Il2sAC51w?si=KAWtTiVl02VLvcgV